Resumen
Entrevista
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Extracto
Entrevista/ Arturo Rivera/ A Caída Libre
Durante un mes, nuestras citas se sucedieron unas a otras. Atropellado y disperso en su hablar, estaba decidido a abrir casi todas las gavetas de su tormentoso pasado. Al principio, a hurtadillas salía del cuarto para empastillarse con Ribotryl y regresaba transformado para soportar el peso de los recuerdos. Sin embargo, ya entrado en confianza, abiertamente advertía: "Ahora sí, ya vengo preparado, traigo mota para aguantar 'tu terapia'". Entre inhalaciones constantes, con los brazos cruzados a la defensiva y los labios casi cerrados, Rivera se engullía las palabras en monólogos a ratos incomprensibles (soy disléxico, invento palabras, confundo las letras). "Por mi temperamento depresivo, la vida ha sido siempre sórdida, una mísera mierda. Afortunadamente he logrado vomitarla bellamente. Mi pintura es la belleza de lo terrible, de lo escatológico; me ha permitido tapar el dolor. Reconozco, sin embargo, que más de una vez he tenido pánico de atravesar el lindero de la locura". Arturo, desde que eras pequeño, la muerte parece acecharte. Has dicho que de niño te gustaba profanar tumbas, y hoy basta ver de reojo tu obra o voltear la vista aquí en tu estudio, para palpar tu obsesiva vocación por tánatos... En este momento ya no soy un enfant terrible, estoy contento con mi obra y he decidido cortar de raíz -porque no hay ninguna otra forma de hacerlo-, con el alcohol y las drogas. Además me voy a casar con Ana; ahora sí, ¡la quinta es la vencida! Ahorita no me quiero morir. Antes quizá sí, pero no estaba consciente... Cuando comencé a exhibir mis cuadros, al regresar de Alemania, me sorprendía cuando la gente me decía que encontraba "tremenda" mi pintura. Yo en ella sólo me veía a mí mismo, no encontraba nada mórbido ni censurable. Hoy reconozco que quizá si no hubiera sido artista, hubiera acabado siendo loco o asesino. Desde niño me generaba un placer voluptuoso cortar y destazar. A los 12 ó 13 años, mi entretenimiento era ir al Panteón de Dolores con mi primo José Alberto y con Alfredo, mi vecino, para intentar robarnos lo que pudiéramos de la fosa común. Llenábamos nuestras mochilas de excursionistas con mandíbulas, cráneos y huesos y, en el jardín de la casa de Alfredo, su mamá que era bióloga, nos ayudaba a armar nuestros esqueletos. ¡Llegamos a ensamblar hasta 17 esqueletos completos! Una vez, llevé uno a mi casa y fue un escándalo, la sirvienta me acusó; dijo que en mi cuarto había espíritus. En esa época, lleg...
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