Julio Galán: Los secretos del dolor - 13 de Mayo de 2001 - Reforma - México DF - Noticias - VLEX 81269568

Julio Galán: Los secretos del dolor

Autor:Silvia Cherem
 
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Habían transcurrido siete horas de entrevista desgajada y aún no habían surgido las grandes revelaciones. Nos mudamos a su cuarto para evitar la compañía y para poder conocer sus tesoros: una madona de Rafael Sanzio que heredó de la familia de su padre; las pulseras de brillantes que le legó su madre y que sirven, entre otras cosas, para decorar sus pantuflas (Si mi mamá viera dónde las puse, igual y se enoja, ¿verdad?); y, por supuesto, Morelio, su muñeco consentido, vestido a la usanza victoriana de principios de siglo, con levita y olanes. Sobre el buró yacía una pistola. ¿Para qué la usas?, pregunté. La tomó en su mano, me apuntó a la cara y adusto respondió: "Es una 22, aguas, porque te voy a matar". Algunos minutos pasaron en ese jugueteo y ese hombre, con mirada infantil y vocación de Satanás, comenzó a mostrar su esencia. Como su pistola, que en realidad era un encendedor, poco a poco se desdobló (Siento que yo soy muchos personajes que dialogan); e hizo de los muchos Galán, uno solo. Ñ Julio Galán (Múzquiz, Coahuila, 1960), único pintor mexicano seleccionado para exponer su obra en 1989 en el Centro Georges Pompidou junto con los 100 mejores artistas contemporáneos, tarda en salir. Permite que el espectador observe confundido las extravagantes y turbadoras combinaciones entre lo refinado y lo ramplón que ha acumulado en los 10 años que lleva viviendo en su departamento en Monterrey (Desde que tenía 5 años comencé a coleccionar cosas, es como una enfermedad que no mata, sólo ataranta. Mamá era coleccionista de porcelanas y su papá, Adolfo -Ofo-, de mil cosas: monedas, joyas. Ambos me pegaron este mal): candiles checoslovacos que compró "por un peso en Guanajuato" y que, para que cupieran en un techo tan bajo, los rompió y recostó sobre los muebles; un óleo antiguo de un graduado de rostro verdoso que cortó en dos con la intención de que sirviera de cortina divisoria entre la sala y su cuarto, y que finalmente enmarcó y colocó de manera invertida en la pared de su departamento; porcelanas Viejo París que compra obsesivamente; numerosas piezas de carey, cuarzo y marfil; una mezcolanza de finos muebles antiguos y brocados que se vulgarizan al convivir abarrotados con objetos desordenados, rotos o descarapelados. Así soy yo, lo más vulgar combinado con lo refinado, papá y mamá, tendrás que adivinar quién es quién... Sabes, hace unos años ponía yo recortes pornográficos debajo de todas las sillas y sillones y, con un aparatejo (un espejito cuadrado con llantas y bastón), los iba yo buscando. En los 50 los usaban en las aduanas para ver si no había drogas o armas debajo de los carros, pero yo lo convertí en mi mascota y le encontré un uso más divertido. Cuando venían los amigos y los coleccionistas, empezaba el juego. Luego ¡ya no me querían regresar mi mascota!

De sus cientos de muñecas no hay ni vestigio. Cuenta que "Miss K" las limpiaba y que como cada día les rompía algo nuevo, las llevó todas a casa de su hermana Sofía. Inclusive a sus consentidas: Aurelia, Sofía y la monja Verónica. En la sala, sólo queda "Chingo", un chango deslucido y raído que Galán compró en Hawai porque le gustó su desgastado traje de terciopelo rojo, y que hoy se entroniza sobre el capelo roto de un reloj de 1824.

Me gusta imaginar las historias de otras vidas que vivieron estos muñecos, de cómo jugaron con ellos sus antiguos dueños o si los conocí o me pertenecieron hace cientos de años. ¿Será porque no tengo hijos que busco muñecos? Son mi perdición. Cada uno tiene su nombre, les compro ropa, les arreglo el cabello, juego con ellos de verdad. No a la comidita sino a contarles cosas. Morelio tenía su novia, Paradis, y su amante era Aurelia. Todo eso siempre ha existido en mi cabeza y se refleja en mis cuadros.

De su obra sólo destaca, sobre la persiana, un autorretrato minimalista con collar de brillantes y ojos azulados tristes y atormentados, que se repite en la pantalla de una lámpara.

Creo que es la primera vez que cuelgo algo mío en mi casa, me vuelve el dolor y siento el tormento de cuando los pinté. Los tengo ahí porque me sorprendí de encontrar la misma imagen en ambas obras.

Mimetizado con su entorno, aparece de repente el personaje Galán, perfumado con un elixir que compró en Nueva York y que sirve para enamorar a quien lo huela. Se debate entre ser niño, payaso tragicómico o ángel de la muerte.

Soy el demonio personificado, he vivido en el infierno...

Sus ojos están ensombrecidos de azul; sus pestañas de blanco; su pelo espantado, morado.

Me gusta maquillarme para provocar y provocarme. Con ello, no me oculto de mí mismo; son todos los demás quienes se inquietan y se esconden de mí. Su inseguridad les impide entenderme, no quepo en su esquema.

Viste un traje negro Comme des Garìons, camisa blanca, zapatos Dolce y Gabanna de piel con cuadritos negros y blancos, y porta un largo arete que comienza en la oreja y que sirvió para engarzar decenas más, de modo que la hilera de brillantes pudiera llegarle al pecho.

Si me quito el arete es un grito; una vez Consuelo -una muchacha que aquí trabajó y que dicen que se volvió loca, que se pintaba con un alfiler mis cuadros en sus uñas y me hablaba de fantasmas- me hizo con una aguja unos agujeros en las orejas. Quedé infectadísimo, pero me puse un colmillo increíble.

En cada uno de los dedos tiesos y gordos de sus manos, cuyas uñas muestran los restos descarapelados de barniz negro, porta cinco o seis anillos de brillantes que, como sucede con su casa, al verse amontonados, sin candor ni elegancia, parecieran baratijas del mercado y no la herencia de sus aristocráticos antepasados.

Pide, con voz pausada, un whisky con hielo y popote. Sobre una charola llegan los vasos chuecos, inclinados y de colores, que pintó en su cuadro Los cómplices en 1987.

Yo no quiero el rojo -aclara- ese color no lo soporto, sólo me gusta en los chamoys. Es demasiado triste, intenso y pasional; prefiero el morado.

Listo el escenario. Listo el personaje (Estoy harto de las historias que se inventan de mí, que sólo se diga que colecciono cosas, que me parezco a Frida Kahlo, que me disfrazo, que estoy loco o que vengo de Venus o Marte. Quiero que encuentres otras venas en mi vida, pero si te atreves a reflejar mi imagen como la de un degenerado o como enfermo mental, te mato). Lista la música (compacts sucios y que se detienen en un mismo acorde con la voz de Madonna, Liza Minnelli, Miguel Bosé, boleros de Manzanero, Agustín Lara y Tania Libertad -a ella, la amo-, música hindú o cubana, o la selección que le grabó Stephan, el disc jockey del Hotel Costes en París); sonó la tercera llamada de una primera sesión de 12 horas en la que se hizo acompañar de su hermana Lissi.

En ese primer momento, intuyendo por su obra que el tormento podía ser producto de un desdeñable abuso sexual en su infancia, intenté abrir veredas para asentar al náufrago en tierra firme. Receptivo pero hermético, se mostró esquivo, impenetrable. Se requirió de una segunda sesión, también larga y nocturna (soy vampiro, duermo todo el día), en la que sin disfraz ni careta, sin aparente disposición ni compañía, permitió, quizá por vez primera, desgarrar el mito y escarbar en los secretos del dolor.

La génesis del tormento

Los críticos dicen que tu sensibilidad te permite captar la "soledad universal". Sin embargo, a mí me parece que a Julio Galán no le interesa el mundo y que tu pintura, que yo percibo transparente, sirve como catarsis de tu tragedia personal.

A ti no te voy a dar el avión, porque veo que diste en el clavo. A veces trato de darle gusto a la gente para que deje de preguntarme necedades, pero ya me cansé de que digan que vivo disfrazado, asumiendo una pose. Soy igualito cuando estoy solo, de noche a veces me disfrazo 100 veces y les hago desfiles de modas a mis muñecas. Si me pinto el pelo de morado o de verde, si me maquillo con moretones, si me pongo 30 anillos de brillantes es porque necesito esconderme, ser otro, proyectar mi ser y mi obra. Soy complicado hasta para mí mismo. Con mi ropa y mi pintura me pongo laberintos, enredos, pistas y obstáculos. Sé que no me parezco de un retrato a otro, de un día a otro, de un momento a otro, de una forma de pintar a otra, pero desde los 5 años, para poder sobrevivir, siempre he sido así. Y finalmente, no quiero que me ubiquen, me gusta este misterio.

Has dicho que empezaste a pintar para poder sobrevivir...

Sí, por eso empecé a pintar y todavía por ello lo hago. Detesto la pintura, pero es mi único espejo para filtrar la realidad, para vengarme de mi pasado. Soy pintor porque no puedo ser otra cosa. Cuando tenía 5 ó 6 años pintaba con crayones o con lo que fuera, era mi posibilidad de poder respirar, me estaba muriendo.

¿Por qué?

Porque pasé cosas muy difíciles que nadie ha podido entender, ni yo mismo, y que sólo puedo expresarlas pintando o hablándole a mis juguetes. Es curioso, yo no soporto el contacto físico, ni siquiera que me rocen, me da miedo y, sin embargo, a mis muñecos los abrazo todo el tiempo. Hace tres días me enfermé, estaba oyendo música -bajita porque el gringo de abajo se queja de que no lo respeto- y al lado estaba Teodoro (el oso de la diadema), lo abracé, me acordé de mamá con los boleros de Tania, y mi reacción repentina fue hacerlo a un lado. Luego me acordé que mis muñecos son de trapo, que no tienen alma y que puedo aceptar su contacto. Cuando era niño así quería ser: de trapo. Otila -una señorita que se ponía baby doll y botas, que hoy tiene más de 90 años y que nos cuidaba cuando mis papás no estaban- me cantaba: "Muñequilla de trapo, de los ojos azules, quien pudiera ser toda de trapo, sin alma y sin nada".

Háblame de Múzquiz, donde viviste hasta que cumpliste 10 años...

La casa era muy grande y mi mamá siempre traía decoradores para tenerla preciosa. Ahí pasé la infancia junto con Sofía mi hermana, y mi prima Golondrina. Nos perdíamos en los jardines de sabinos, encinos y pinos; había muchas veredas y un hermoso arroyo. Mis abuelos...

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