Jorge Volpi / Indefensos - 3 de Febrero de 2018 - Reforma - México DF - Noticias - VLEX 702111261

Jorge Volpi / Indefensos

Autor:Jorge Volpi
 
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El pasado 23 de enero, Marco Antonio Sánchez fue amagado y golpeado por policías de la Ciudad de México luego de que éste intentase huir cuando éstos quisieron detenerlo por un supuesto robo. A partir de ahí, la historia del estudiante de la Preparatoria Número 8 de la UNAM queda en suspenso: largos días de extravío, que no han podido esclarecerse, hasta su reaparición en Los Álamos, en el Estado de México, muchos kilómetros más allá de donde fue visto por última vez en manos de los agentes policíacos. Visiblemente golpeado, aturdido y confundido, Marco Antonio no ha sido capaz de narrar lo que sucedió con él en esas misteriosas jornadas.

La suerte de Marco Antonio no es sino un reflejo de la sensación que la mayor parte de los mexicanos albergamos hacia nuestras fuerzas de seguridad. Su reacción inmediata -tratar de escapar de la policía- es la misma que experimentaríamos miles de ciudadanos en México en circunstancias parecidas. El motivo es obvio: jamás asumimos que los uniformados estén ahí para protegernos o auxiliarnos, o en todo caso para contribuir a la tranquilidad pública; no imaginamos que vayan a comportarse como funcionarios públicos comprensivos o neutrales. Simplemente, no creemos en ellos. No confiamos en ellos. A diferencia de lo que ocurre en otros lugares, donde uno llama a la policía cuando se siente amenazado, aquí nos sentimos amenazados en presencia de la policía.

Y no solo de la policía -en sus vertientes municipales, estatales o federales-, sino de cualquier autoridad: militares, agentes del Ministerio Público, secretarios, custodios, jueces... Frente a ellos no sentimos paz alguna, sino desconfianza o terror. Estamos convencidos, porque lo hemos atestiguado en decenas de ocasiones, que solo buscan aprovecharse de nosotros. Cada vez que un escándalo sale a la luz, cada vez que revisamos o analizamos un nuevo caso judicial, desempolvamos un sistema donde a la corrupción se suma la ineficiencia burocrática y donde las intromisiones políticas y la tortura no son excepciones, sino moneda corriente.

Estos últimos años me volqué a estudiar el caso de Florence Cassez e Israel Vallarta y, detrás de un sinfín de declaraciones y documentos contradictorios, constaté...

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