París no se acaba nunca - 26 de Octubre de 2003 - Reforma - México DF - Noticias - VLEX 82001451

París no se acaba nunca

Autor:Enrique Vila-Matas
RESUMEN

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Fui a París a mediados de los años setenta y fui allí muy pobre y muy infeliz. Me gustaría poder decir que fui feliz como Hemingway, pero entonces volvería simplemente a ser el pobre joven, guapo e idiota, que se engañaba todos los días a sí mismo y creía que había tenido bastante suerte de poder vivir en aquella cochambrosa buhardilla que le había alquilado Marguerite Duras al precio simbólico de cien francos al mes, y digo simbólico porque así lo entendí o quise entenderlo yo, que no pagaba nunca el alquiler ante las lógicas, aunque por suerte sólo esporádicas, protestas de mi extraña casera, y digo extraña porque presumía yo de entender todo cuanto me decían en francés, salvo cuando estaba con ella. No siempre, pero muchas veces, cuando Marguerite me hablaba -recuerdo habérselo comentado muy preocupado a Raúl Escari, que iba a ser mi mejor amigo en París-, yo no entendía nada, pero es que absolutamente nada de lo que me decía, ni siquiera las reclamaciones del alquiler. "Es que ella, como la gran escritora que es, habla en un francés superior", me dijo Raúl, sin que su explicación me pareciera en aquel momento demasiado convincente.

¿Y qué hacía yo en la buhardilla de Duras? Pues básicamente tratar de llevar una vida de escritor como la que Hemingway relata en París era una fiesta. ¿Y de dónde había salido esa idea de tener a Hemingway como referencia casi suprema? Pues de cuando tenía quince años y leí de un tirón su libro de recuerdos de París y decidí que sería cazador, pescador, reportero de guerra, bebedor, gran amante y boxeador, es decir, que sería como Hemingway.

Unos meses después, al tener que decidir qué carrera universitaria iba a estudiar, le dije a mi padre que yo quería "estudiar para Hemingway" y aún recuerdo su mueca de gran sorpresa e incredulidad. "Eso no se estudia en ninguna parte, no es ninguna carrera universitaria", me dijo, y días después él me matriculaba en Derecho. Estuve tres años estudiando para ser abogado. Un día, con dinero que él me había dado para pasar las vacaciones de Semana Santa, decidí viajar por primera vez en mi vida al extranjero, me fui directo a París. Fui sin la compañía de nadie y nunca olvidaré la primera de las cinco mañanas que pasé en París, en ese primer viaje a la ciudad en la que unos años después -aquella mañana no podía yo saberlo- acabaría viviendo.

Hacía frío y llovía esa mañana y, al tener que refugiarme en un bar del boulevard Saint-Michel, no tardé en darme cuenta de que por...

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