Pata de perro / Jaffa, la bella - 25 de Marzo de 2018 - Reforma - México DF - Noticias - VLEX 706724333

Pata de perro / Jaffa, la bella

Autor:Alonso Vera
 
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No sé de qué manera es relevante un puerto que sucede de manera ininterrumpida por casi 10 mil años al otro lado del mundo. Aún así quisiera compartir su existencia, y el recuerdo de mi más reciente visita. Se dice fundado por Jafet, uno de los tres hijos de Noé, el del Arca, cuarenta años después del Diluvio Universal que fuera relatado en el Génesis.

Dicho puerto ha sido preferido por las aguas del Mediterráneo desde entonces, por lo que también se le conoce como "la novia del mar". Hace más de 10 años le visité por primera ocasión. Recuerdo haberme sentado frente al muelle que de manera natural brindan una familia de piedras que apenas se asoma del fondo marino.

El agua las acaricia levemente, y han sido motivo de innumerables naufragios. Es ahí en donde según la mitología griega el entonces rey de Jaffa encadenó a su hija Andrómeda para sacrificarla, y con ello apaciguar la ira de Poseidón.

Sucede que a Casiopea, la esposa del rey Cepheus, se le ocurrió decir que su hija Andrómeda era aún más bella que las Nereidas, hijas del dios del mar. Por ello Poseidón envió un monstruo llamado Cetus para destruir la ciudad. Sin embargo el sacrificio no fue necesario ya que Perseo, hijo de Zeus con la mortal Danaé, pasaba por ahí luego de su aventura cortando la cabeza de Medusa, y el héroe mató a la bestia con su espada de diamante. Como resultado se casó con Andrómeda y tuvieron seis hijos, incluyendo a Perses, de quien se dice descendieron los reyes de Persia. Hoy ambos residen ya en el firmamento como constelaciones.

Para mí aquella primera ocasión fue amor instantáneo. Había pasado todo el día navegando por los callejones de Jaffa, nombrados en honor de los signos zodiacales y repletos de gatos. Su piel de piedra recuerda el color de la miel. Ha sido pulida por siglos de caminantes que vamos allí a perdernos para encontrarnos.

Había comido un pescado capturado, limpiado, capeado y frito ese mismo día y por la misma persona. Bebía ya mi tercer café acompañado con suculentos dátiles, nísperos y naranjas mientras el sol se recostaba sobre del mar. La luz era perfecta, la brisa salada y el cántico del muecín desde lo alto del minarete que aún domina las vistas de las playas y el horizonte urbano de la vecina ciudad de Tel Aviv le añadía un aura mística, como una promesa de paz.

Ahora que vuelvo mi primera visita fue al mismo sitio aquel, frente a las rocas...

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