DE POLÍTICA Y COSAS PEORES / Plaza de almas - 12 de Noviembre de 2013 - Reforma - México DF - Noticias - VLEX 475235150

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES / Plaza de almas

Autor:Catón
 
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Eran los tiempos en que a los niños católicos se nos enseñaba a no pisar la acera de los templos protestantes. Cuando por fuerza debíamos pasar frente uno -el bautista, el presbiteriano, el metodista-, nos bajábamos de la acera y caminábamos por el arroyo de la calle, aun con riesgo de los automóviles, hasta dejar atrás aquel sitio prohibido. Algunos, más radicales, se cruzaban a la acera de enfrente. Los que aspiraban a ganar el Cielo eran más papistas que el Papa, y escupían en la acera de aquel vitando sitio. Por aquellos años todas las casas de Saltillo mostraban tres cosas en los ventanales que daban a la calle: un caracol marino -nostalgia del remoto mar que nunca se conocería-, la ollita de la leche y, en el cristal de la ventana, un letrero bien visible. El caracol servía de silencioso mensajero a los enamorados: "Si el caracol apunta al barrote noveno de la reja, es que saldré a las 9 de la noche. Si está puesto bocabajo es que hoy no podré salir". ¡Cuántos noviazgos se trastocaron y murieron porque los muchachillos de la calle cambiaban los caracoles de lugar! La ollita era para que el lechero dejara ahí su albo líquido (¿en qué otra forma se puede decir "leche" sin repetir el vocablo?). La ollita estaba en alto, suspendida de un gancho para protegerla de los perros y gatos callejeros. El letrero en la ventana decía: "En esta casa somos católicos. No admitimos propaganda protestante". Era la época en que a los católicos se nos decía que fuera de la Iglesia no había salvación. Aún se usaban las llamadas "esquelas", pliegos mortuorios en los que se participaba la muerte de alguien. "Esqueletas" las llamó alguna vez cierta señora americana casada con uno de los Madero de Monterrey. Sin saberlo hizo una greguería que a don Ramón Gómez de la Serna le habría gustado mucho. Aquellas esquelas -yo las recuerdo aún- eran impresionantes. De gran tamaño, iban dentro de un sobre con severa orla negra. Algún familiar o amigo de la persona muerta iba casa por casa y entregaba aquellas fúnebres misivas "en propia mano" de quienes conocieron al difunto. Invariablemente las esquelas decían que el interesado -tan desinteresado ya- había muerto "en el...

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